Archivo de la categoría: Columnas

Wired: Mi revista favorita

Siempre me han fascinado las revistas y a lo largo del tiempo he estado suscrito a muchas, pero mientras más uso internet, menos veo revistas. Aunque la vengo leyendo hace 12 años, en los últimos 8 años no me he perdido una sola edición de esta única revista. Hace un tiempo me enteré que su editor Chris Anderson, venía a Chile y que lo traía nada menos que Poder & Negocios, la revista donde publico esta columna. No pude entonces evitar escribir y mencionar como Anderson ha sabido liderar una de las revistas que mejor ha entendido explicar los cambios qué están sucediendo en el mundo. Wired es mi biblia.

Wired fue fundada en 1993 por un equipo que incluía a Nicholas Negroponte, Kevin Kelly y John Battelle. Inmediatamente destacó del resto de revistas por su visión utópica del futuro — sin caer en futurología — y su cobertura del lado social y cultural de la ciencia y la tecnología. Personalmente fue inmediatamente una favorita. Pero en 1998 ya no quedaba casi nadie del equipo original y la revista cambió varias veces de manos hasta llegar a CondéNast. Acompañando la crisis del 2000, la revista pasó literalmente por una época de vacas flacas llegando a tener menos páginas que nunca. Pero todo cambió cuando llegó Chris Anderson en 2001.

Gracias al liderazgo de Anderson y al equipo que fue capaz de reunir, hoy la Wired está mejor que nunca. Recuperó su estilo liberal y utópico — y las tintas fluorescentes y metálicas de Plunkett+Kuhr. Empezó a tener portadas experimentales, unas con tintas térmicas, otras con la foto y mapa del propio suscriptor cubriendo todo su frente. Comenzó a poner titulares en portada que comentaban prácticas que habían surgido gracias a internet y que ahora se esparcían a otros ámbitos — el código abierto, la “cola larga” y el negocio de lo gratis. Muchos de estos artículos escritos por el propio Anderson, algunos incluso convirtiéndose en libros. El 2005 fue elegida la mejor revista de todo Estados Unidos y Anderson fue nombrado el editor del año — algo así como ganarse el Oscar a mejor película y mejor director, no hay mayor honor.

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Disminuir la pobreza con información

Foco 76¿Cómo acabamos la pobreza? Una pregunta que todo el mundo quisiera responder y resolver lo antes posible, pero no hay una respuesta fácil.

Humildemente, quiero proponer uno de los caminos que debemos seguir y que probablemente pueda ser el más efectivo de todos: La tecnología. Personalmente creo que hay que empezar por preocuparnos del futuro, de los niños y niñas que van a liderar nuestro país en 20 años más. Quizás ése sea el plazo para erradicar definitivamente la pobreza.

Hace varios años me tocó conocer una ciudad llamada Cañete, ubicada 137 kilómetros al sur de Concepción, con 31.270 habitantes. No hay cines, ni grandes bibliotecas o extensas tiendas de música. Sin embargo en ese viaje, un día después de un taller, se me acercó un niño de 11 años y me entregó su tarjeta de presentación, impresa sobre cartulina con la impresora de su casa. Lamentablemente olvidé su nombre, pero recuerdo que en la tarjeta decía “Astrónomo Aficionado” junto a la dirección de su blog. Cuando le pregunté dónde aprendía sobre astronomía, me respondió lo que quizás debería haber sido obvio: “En internet”. Claro, era un niño que tenía la suerte de tener un computador y conexión a internet en su casa.

Una simple búsqueda en Google le ofrecía trillones de fuentes de información. Acceso directo a los archivos completos de NASA, millones de artículos en Wikipedia, revistas, periódicos, blogs, libros y videos. No importaba que Cañete no tuviera cines, ni grandes bibliotecas. Sólo necesitaba tener internet y la curiosidad propia de un niño de 11 años.

También fui un niño con la suerte de tener internet en mi casa. En mi caso, mi curiosidad personal me permitió acceder a la web en 1993, a los 13 años, cuando no había ni un ápice de información comparado con lo que podemos encontrar hoy. A los 16 años ya ganaba plata haciendo sitios web con los conocimientos que había aprendido… en internet. A los 18 años me independicé y dejé de recibir soporte económico de mi familia. Hasta el día de hoy mi único título universitario, son las horas que he pasado hablando en universidades gracias a los conocimientos que aprendí en internet — y las cuentas las pago gracias a esos mismos conocimientos.

Hoy un niño en Cañete, o cualquier rincón de Santiago, que tenga acceso a internet tiene una ventaja sobre el resto.

En Santiago el 66% del segmento ABC1 tiene acceso a internet, mientras que en el D es sólo un 14%. Ni hablar del E. La brecha digital es un reflejo de la diferencia de oportunidades de la brecha social.

Hoy la tecnología presenta la posibilidad de acabar la brecha social, pero si el acceso no es equitativo, también la aumenta.

Es difícil que las familias de escasos recursos justifiquen un computador con internet, cuando un televisor cuesta desde $50.000 pesos y los 6 canales que transmiten farándula día y noche son gratis.

Un niño con acceso a internet, sea rico o pobre, tiene acceso a la misma cantidad de información y, a excepción de las que son pagadas, a las mismas herramientas. Especialmente sorprendente es ver que los jóvenes que pasan más horas en internet, leen y escriben mejor en inglés, permitiéndoles acceder a una oferta cultural y laboral global — desde cualquier rincón de Chile.

Si no actuamos luego para acortar la brecha digital, la brecha social va a seguir creciendo.

Esta fue un columna publicada en la edición Santiago 2.0 de la revista Foco 76.

Adiós a los profesores

Lo reconozco. El título de esta columna es intencionalmente sensacionalista, para invitar a su lectura. Pero tampoco está tan alejado de lo que quiero plantear: Quizás Pink Floyd no estaba tan equivocado.

Parto por aclarar que no soy un experto en educación, no tengo un título universitario y mi único roce con la academia fue mi paso por el colegio, hace ya más de 10 años. Hablo entonces a partir de mi propia experiencia.

Mi gran preocupación con la educación, es que estoy seguro que si realmente queremos que Chile sea un mejor país en el futuro, debemos partir por invertir en el futuro de Chile.

He repetido varias veces, a quien me quiera escuchar, que necesitamos inyectar tecnología en los colegios. Necesitamos que todos los niños tengan acceso a computadores e internet. Ojalá un computador propio, o por último uno que puedan usar personalmente en su colegio. Somos un gran grupo los que llevamos un par de años gritando al viento, con buena reacción de los ciudadanos, pero poca acción de las autoridades responsables.

Siempre que lo he planteado, uno de los tantos miedos o excusas que me responden para negar su factibilidad es que habría que partir por reconstruir el sistema educacional. Eso significa, crear nuevos planes de estudio, invertir en la nueva infraestructura, adaptar los currículos para integrar esta nueva herramienta y, finalmente y con mucha complejidad, capacitar a los profesores y convencerlos para que aprovechen esta herramienta en sus clases.

El gran problema, dicen algunos, es que en la gran mayoría de los casos los alumnos serán más hábiles con esta “nueva” herramienta que sus profesores. Eso, deducen ellos, producirá un boicot por parte de los profesores para integrar los computadores en la educación. Quizás no estén equivocados, demosle el beneficio de la duda. Si es así entonces, tendremos que avanzar sin los profesores.

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Bye, Bye, Bill

Con lágrimas en los ojos, después de haber liderado durante 33 años la empresa más grande de software que jamás haya existido, Bill Gates se despidió de sus empleados y apagó la luz de su oficina por última vez.

Al escribir ese párrafo, hasta yo me emociono. Parece que en las despedidas, todos olvidamos nuestras diferencias y alzamos las banderas blancas.

Bill Gates será recordado como el emprendedor más exitoso de todos los tiempos, el mismo que en 1999 llegó a tener un patrimonio de más de $100 mil millones de dólares — casi el doble del PIB que tuvo Chile ese año. Pero también será recordado como el mayor villano tecnológico de la historia, a raíz de las prácticas monopólicas de Microsoft, la fuente de su fortuna.

No cabe duda que Bill Gates es un genio. En la prueba para ingresar a la universidad, el SAT estadounidense, Gates obtuvo 1590 puntos de un máximo de 1600. A los 13 años tenía permiso para faltar a clases de matemática, para dedicarse a programar BASIC en el único computador de la escuela. Luego le suspendieron el permiso cuando descubrieron que estaba hackeando el sistema para inscribirse en las clases con las chicas más lindas. Todo esto en un año que los computadores eran gigantescas máquinas complejas e Internet ni siquiera era una idea.

No cabe duda que Bill Gates es un visionario. Muchas de sus predicciones han fallado, pero a la más importante le dió en el clavo. Mientras algunos altos ejecutivos tecnológicos dudaban del éxito de los computadores personales, Bill no iba a descansar hasta que hubiera un computador en cada escritorio y en cada hogar. Incluso Steve Jobs ha dicho que Gates fue uno de los primeros en entender que el secreto estaba en el software.

No cabe duda que Bill Gates es un gran hombre de negocios. Cuando IBM lo contrató para desarrollar el sistema operativo del primer IBM PC, Gates insistió en cobrarle sólo US$80.000 por el desarrollo y mantener los derechos sobre DOS. Ese mismo DOS luego se lo vendería a todos los otros fabricantes que, tal como anticipaba, iban a llegar.

Pero ser un hombre de negocios genial y visionario, viene acompañado de la envidia y muchos enemigos. Especialmente cuando sus prácticas de negocios hicieron que Microsoft lograra una posición dominante y abusara de ella con prácticas monopólicas. Sin contar que cuando la creatividad le faltó, no dudó en copiar las buenas ideas de otros. Demandas no le faltaron.

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Where is Chile?

En mi columna anterior hablé sobre “Santiago Valley”, y como estamos viendo que Chile se está convirtiendo en un foco de desarrollo tecnológico. O al menos desde aquí, eso es lo que parecía.

Poco después que escribí la columna donde me referí a varios emprendimientos tecnológicos locales, partí a Silicon Valley junto a los integrantes de algunos de esos proyectos. Los gastos de varios de ellos fueron financiados por Corfo en una “misión empresarial”, yo partí por mis propios medios debido a las torpezas de Corfo… pero eso es material para otra columna.

Estando allá se me abrieron los ojos y me di cuenta que aunque creemos estar cerca de ser un actor global relevante en el ámbito tecnológico, en realidad estamos muy lejos de lograrlo.

Aunque estando en Chile, escuchas y conoces a proyectos en internet que son líderes regionales y mundiales en sus áreas, sales del país y pocos han escuchado de ellos. Con suerte en América Latina y el Caribe algo saben de nuestro “liderazgo tecnológico”. Pero te embarcas hacia Estados Unidos y la ignorancia sorprende.

Para los empresarios tecnológicos en Silicon Valley — el corazón del desarrollo tecnológico mundial — América Latina se puede resumir en México, Brasil y Argentina. Del primero saben menos de lo que uno espera, considerando que un 15% de sus habitantes provienen de ese país. De Brasil saben que es grande y al menos saben dónde queda Argentina. Tuve la oportunidad de reunirme con inversionistas de un importante banco de inversión que me sorprendieron al preguntarme “Where is Chile?”. Un mal primer paso cuando estas buscando capital extranjero para proyectos locales.

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Santiago Valley

En 1996 hice mi primer proyecto en internet. Se llamaba “The Macintosh Collection” (TMC) y era un directorio en inglés de links sobre temas Mac, creado en la misma época que Yahoo! estaba en pañales y los “buscadores” no existían. Recién se empezaba a hablar del potencial comercial de internet y se oían historias de inversiones millonarias en un mítico lugar de California llamado Silicon Valley.

TMC tuvo una vida breve y de cuestionable éxito. Recibió más de 2 millones de hits (la medida utilizada en la época) durante su primer año. Más que Yahoo en su primer año. Pero en América Latina, la World Wide Web era la parte desértica del lejano oeste, esa dónde se escuchaba de la fiebre del oro, pero no se veía nada brillante. Uno que si encontró oro, fue el argentino Wenceslao Casares, demostrando que por estos lados también había. Yo estaba en el colegio y mi proyecto nunca lo considere más que un pasatiempo que murió antes que yo entrara a la universidad.

Pero a finales de los noventa el panorama empezó a cambiar. Todos los días se escuchaba de nuevos proyectos en internet, transacciones de miles de millones de dólares por compañías que sangraban dinero y exhorbitantes aperturas en bolsa por empresas con pocos meses de vida. Eso junto a la cercana historia de Casares, hizo que en Chile varios se embarcaran en proyectos “puntocom”.

Tanta era la demanda que renuncié a la universidad y fundé mi primera compañía en 1999, ImageMaker Studios, vendiendo palas y picotas para los arriesgados que andaban buscando oro. Vimos a muchos cortar carreras en grandes corporaciones y ponerse el gorro de emprendedor, tomando el riesgo de innovar en un terreno desconocido. Hasta Cecilia Bolocco invirtió millones lanzando su propio portal. Debería saberlo, lo construimos nosotros.

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Ministerio de Tecnología, Chile

Transantiago. Una palabra que causa dolores de cabeza a quién la escuche. Sinónimo de mala gestión, mala coordinación y mala implementación. Excusa predilecta para el atraso de otros compromisos del Gobierno. Utilizada recientemente por el vocero Vidal cuando anunció el atraso — por quinta vez — de la definición de la norma de televisión digital en Chile: “No queremos otro Transantiago”.

Un problema para un tercio del país, pero que tiene los recursos tomados de un ministerio que también debe preocuparse de problemas que afectan al país completo.

Mucha gente olvida que el Ministerio de Transportes también es el de Telecomunicaciones (MTT).

El Ministro Cortázar debe preocuparse de los recorridos de las micros por Santiago, pero también de la banda ancha, de los celulares y de la televisión. Pero no de los computadores en los colegios ni la alfabetización digital, eso es responsabilidad del Ministerio de Educación. Tampoco del desarrollo de la industria nacional de tecnologías de información, ni las políticas de software libre, ni la agenda digital en general, eso es responsabilidad del Ministerio de Economía. Tres, no uno, deben coordinar proyectos con recursos designados por el Ministerio de Hacienda.

Tenemos la banda ancha más cara y lenta de los 30 países de la OECD — sin mencionar que lo que se ofrece en Chile ni siquiera es considerado “banda ancha” por la Unión Internacional de Telecomunicaciones. Sólo uno de cada cinco hogares en Chile tiene acceso a internet. Sólo hay un computador por cada 30 niños en el sistema educativo.

En vez de promover estándares abiertos y software libre en las instituciones públicas — como lo han hecho Japón, Noruega, Holanda, Francia y hasta Brasil — el Ministerio de Economía firma acuerdos totalitarios con un sólo proveedor, Microsoft. El Ministerio de Educación anunció hace un año la compra de 240.000 computadores tradicionales antes del 2010, cuando podría comprar un millón, si eligiera alternativas como el OLPC o Classmate. El MTT lleva 7 años analizando y estudiando cual norma de televisión digital terrestre se aplicará en el país y acaba de aplazar la decisión por tercera vez en un año — mientras Uruguay y Brasil ya han comenzado transmisiones.

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Una nación de adictos a Windows

Esta fue una columna que salió publicada en la nueva revista chilena “Poder & Negocios”.

En Chile, como en varios otros países del mundo, sufrimos una triste enfermedad. La mayoría de nuestras empresas, tanto públicas como privadas, y algunos de nuestros ciudadanos, están sumidos en una profunda adicción a Windows.

Siempre me ha impresionado entrar a las oficinas de una empresa, y ver todos y cada uno de sus cientos de computadores funcionando con el sistema operativo de Microsoft. Entrar a una municipalidad, banco, registro civil, hospital, colegio, tienda o ministerio y ver que todos sus sistemas se basan en productos de esta compañía.

Al tratar de utilizar la página web del SII, te encuentras que está preparada únicamente para Microsoft Internet Explorer. La propia Presidencia sólo entrega sus discursos en formato Windows Media Player, y sus documentos en formato Microsoft Excel. La SUBTEL exige que los documentos de sus licitaciones sean entregadas en formato Microsoft Word. Lo mismo sucede con los servicios y sitios web de grandes tiendas, empresas de telecomunicaciones, y servicios diversos: Si no eres dependiente del ecosistema Microsoft, como ellos, no puedes participar.

A los adictos les gusta atraer más adictos. Cualquiera que se quiera liberar es discriminado.

Ojalá cualquier otra empresa tuviera semejante apoyo y promoción de sus programas. Ojalá una empresa chilena. Pero sólo Microsoft tiene esa suerte. Carretillas de nuestros pesos chilenos se convierten a dólares y exportan a Estados Unidos, sólo un monto simbólico se queda aquí.

No tengo problemas con la compañía en sí. Me parece que tiene algunos productos fenomenales como la consola Xbox 360, o sus teclados y ratones. Pero en todos los otros ámbitos, las alternativas, especialmente algunas nacionales, son mejores que la droga popular.

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¡Adiós, papel!

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Mi última columna. Snif.

Este martes salió publicada mi última columna (número 18) en el diario La Nación. La decisión de dejar de tener una columna de opinión fue mia (y en esta columna creo explicarla, aunque básicamente es por tiempo, ni siquiera he podido publicar con calma aqui mismo!). Al final de la misma, hay links a mis columnas favoritas. Muchas Gracias Miguel, Rodrigo y La Nación!

Esta semana no voy a hablar de banda ancha ni software libre. Tampoco voy a opinar sobre cómo están cambiando nuestros hábitos de consumir información, ni sobre la libertad de la información. No, el titular de esta columna no se refiere a un avance tecnológico que nos permitirá salvar árboles (aunque sería alucinante). Ésta es una despedida, de esta columna y este diario.

A principios de año, cuando mi amigo Miguel Paz (de este diario) me contó que Rodrigo Quiroz (editor de Cultura) estaba interesado en que yo escribiera una columna de tecnología, mi felicidad no podía ser mayor. A veces leía a otros columnistas y sentía que no hablaban de temas que yo estaba leyendo. Así que hace un par de años ya venía con ganas de tener mi propio rectángulo en algún diario, mi propia “columna”. Una donde al menos no supusieran que sólo existe Windows.

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Tu TV

Esta es mi columna número 17 que salio publicada en el diario La Nación. Para algunos sonará familiar:

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Te pasas todo el día trabajando, llegas a la casa a las 8 ó 9 de la noche, prendes la televisión para entretenerte un rato y siempre es lo mismo. De 8 a 9, las telenovelas. De 9 a 10, las noticias y de 10 a 12 los estelares. Si no estabas viendo Canal 13 justo a las 7 pm mientras lo transmitían, te perdiste “Los Simpsons” y no hay vuelta atrás.

¿A alguien más le suena ilógico este sistema? Internet nos quitó los horarios. Descubrimos que podíamos leer sobre Egipto a las 7 de la mañana, o a las 7 de la tarde. Cuando nosotros quisiéramos. Luego prendemos la televisión y estamos forzados a ver lo que ellos quieren a la hora que ellos quieren entregarla. ¿Ver “Los Simpsons” a las 9 pm o a 9 minutos para las 6 am? Imposible.

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