Charla para el Cluster TIC del FOMIN (BID) y asalto en Rio de Janeiro

Copacabana by Leo Prieto

A principios de este año, en Marzo, fui a Rio de Janeiro y volví con unos recuerdos que nunca olvidaré. Luego en Noviembre 2007 fui nuevamente a Rio de Janeiro y también volví con unos recuerdos que nunca olvidaré. La primera vez fue por vacaciones y la segunda fui invitado a dar una conferencia en la reunión anual del Cluster TIC del Fondo Multilateral de Inversiones (FOMIN), un departamento del Banco Interamericano del Desarrollo (BID).

Conocía poco al BID (o Inter-American Development Bank, IADB), pero sabia que era un organismo financiero internacional que fomenta el desarrollo en América Latina y el Caribe. Pero nunca había escuchado del FOMIN (conocido como Multilateral Investment Fund, MIF, en inglés), que tal como su nombre lo indica, es un fondo al cual pueden postular emprendimientos latinoamericanos con foco en la reducción de la pobreza — algo que termina aplicando para un amplio grupo de emprendimientos. A su vez el FOMIN tiene varios clusters, o grupos, dentro de los cuales hay uno enfocado en los emprendimientos relacionados a las tecnologías de información y comunicaciones (TICs).

Gracias a una recomendación de Wenceslao Casares, fui invitado por el Coordinador del Cluster TIC, Antonio Ca’ Zorzi, a dar una charla sobre la Web 2.0 en la tercera reunión anual de este cluster. También estaban invitados Claudio Ruiz y Alberto Cerda de Derechos Digitales, quienes dieron una iluminadora conferencia sobre Software Libre versus Propietario, específicamente relacionado a los proyectos de software financiados por el FOMIN. Ellos asesoraron al FOMIN para que todos los desarrollos de software financiados por ese fondo sean propiedad intelectual del BID, pero estarán licenciados como software libre, lo que permite que cualquier otra persona u organización pueda aprovechar el desarrollo financiado por este banco. Brillante iniciativa.

A mi me tocó dar la charla de cierre dónde les hablé sobre la importancia del servicio al cliente y construir comunidades en internet. En general el evento fue todo un éxito y tuve la oportunidad de conocer personas y proyectos muy interesantes de todos los rincones de América Latina y el Caribe.

Pero al finalizar el evento aprendí que no debo caminar de noche por Copacabana con guayabera y una cámara grande colgando del cuello con pinta de turista desprevenido.

Después de concluir mi conferencia, hicimos una breve ceremonia de clausura, intercambiamos tarjetas y bajamos a la playa. Eran pasadas las 5 de la tarde, pero todavía había Sol, éramos un grupo grande riéndonos, nadando en el mar y sacando fotos en Copacabana, por lo que no me preocupé de andar con mi cámara Canon EOS Digital Rebel, una DSLR grande y vistosa. Por circunstancias de vestuario, había dado mi charla con una de mis guayaberas favoritas, sin premeditarlo se me podía identificar a una legua como si estuviera disfrazado de gringo turista.

Una de las nuevas amistades que hice durante el evento fue Angélica Ospina, una interesante joven colombiana que trabaja para el Instituto para la Conectividad en las Américas (ICA, parte del CIID/IRDC en Canadá). Junto a todo el grupo comenzamos a caminar a lo largo de la playa de Copacabana, pero después de un rato, concentrados en nuestra conversación, nos empezamos a separar del resto sin darnos cuenta. Cuando finalmente veníamos caminando de regreso, ya había oscurecido, pero debido a la iluminación en la playa y desconociendo el verdadero peligro que corríamos, seguimos caminando descalzos a la orilla del mar.

Cuando estábamos casi al frente del hotel (justo donde muestra la foto que encabeza este post), un par de brasileños morenos pasaron trotando a nuestro lado, aparentemente con nada más que un traje de baño y zapatillas. Cuando nos estaban adelantando, uno se dio vuelta a pedirnos la hora. No había que ser genio para darse cuenta que nos estaban asaltando.

De la nada uno de ellos avanzó hacia mi con un cuchillo, que nunca sabré de adonde salió, mientras el otro agarró del brazo a mi amiga. Inmediatamente agarró mi cámara y empezó a cortar la correa que cruzaba mi espalda. El otro tipo tiró a mi amiga al suelo, lo que me hizo gritarle “Deixa ela!” (Déjala), preocupado que no le fuera a hacer nada. El que estaba cortando la correa, luego empezó a meter su mano en mis bolsillos mientras gritaba “Dinheiro! Dinheiro!”.

En un momento sacó de mi bolsillo un tarjetero que uso para guardar todas mis tarjetas, tanto bancarias como de identificación, pero continuó gritando ya que creyó tener tarjetas de presentación en sus manos. Al darme cuenta de eso, algún instinto me hizo gritarle que el dinero estaba en mi bolsillo trasero, con lo que finalmente dejo caer el tarjetero a la arena, sacó el dinero de mi bolsillo y salió corriendo. El otro asaltante soltó a mi amiga y también se puso a correr.

Tratando de estirar mi suerte, se me ocurrió gritarle que me devolviera la memoria de la cámara. El asaltante se detuvo, me miró a los ojos, miró la cámara, me volvió a mirar y siguió arrancando. Por un instante casi me devuelve la memoria, que contenía algunas buenas fotos de ese atardecer.

Ayudé a mi amiga a levantarse del suelo, comprobé que estaba bien y descubrí que le habían robado la cámara y una cadena que tenía al cuello. Por suerte no había pasado nada más allá de eso.

Volvimos al hotel, le informamos a la concierge que nos habían asaltado en la playa y reaccionó como si le dijera que el cielo es azul. Lo único que nos quedaba hacer entonces, era ir en busca de todas las caipirinhas que Rio de Janeiro fuera capaz de ofrecernos, y olvidarnos del violento episodio en la playa.

Las caipirinhas cumplieron su objetivo.

Definitivamente un viaje que nunca olvidaré. Tanto por las amistades que hice, como por los eventos que sucedieron.

Sólo me queda advertirles que eviten el Hotel Windsor Excelsior en Copacabana. A mi parecer un lugar demasiado caro para el mal servicio que ofrece. Aunque está frente a Copacabana, no tienen WiFi en las habitaciones, su sistema de correo de voz en la habitación es lo más desagradable del mundo y en mi caso el baño se inundaba cada vez que me daba una tina.

Haciendo un balance de los eventos negativos y positivos, fue un gran viaje.

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