Santiago Valley

En 1996 hice mi primer proyecto en internet. Se llamaba “The Macintosh Collection” (TMC) y era un directorio en inglés de links sobre temas Mac, creado en la misma época que Yahoo! estaba en pañales y los “buscadores” no existían. Recién se empezaba a hablar del potencial comercial de internet y se oían historias de inversiones millonarias en un mítico lugar de California llamado Silicon Valley.

TMC tuvo una vida breve y de cuestionable éxito. Recibió más de 2 millones de hits (la medida utilizada en la época) durante su primer año. Más que Yahoo en su primer año. Pero en América Latina, la World Wide Web era la parte desértica del lejano oeste, esa dónde se escuchaba de la fiebre del oro, pero no se veía nada brillante. Uno que si encontró oro, fue el argentino Wenceslao Casares, demostrando que por estos lados también había. Yo estaba en el colegio y mi proyecto nunca lo considere más que un pasatiempo que murió antes que yo entrara a la universidad.

Pero a finales de los noventa el panorama empezó a cambiar. Todos los días se escuchaba de nuevos proyectos en internet, transacciones de miles de millones de dólares por compañías que sangraban dinero y exhorbitantes aperturas en bolsa por empresas con pocos meses de vida. Eso junto a la cercana historia de Casares, hizo que en Chile varios se embarcaran en proyectos “puntocom”.

Tanta era la demanda que renuncié a la universidad y fundé mi primera compañía en 1999, ImageMaker Studios, vendiendo palas y picotas para los arriesgados que andaban buscando oro. Vimos a muchos cortar carreras en grandes corporaciones y ponerse el gorro de emprendedor, tomando el riesgo de innovar en un terreno desconocido. Hasta Cecilia Bolocco invirtió millones lanzando su propio portal. Debería saberlo, lo construimos nosotros.

Luego reventó la burbuja y el mercado se aburrió de la sobresaturación de proyectos que no tenían un modelo de negocios claro, sin ingresos y con suerte alguna estrategia para atraer clientes. La gran mayoría de los proyectos quebraron y muchos de estos emprendedores (y sus inversionistas), arrancaron de internet casi tan rápido como llegaron. Aún peor fue en América Latina, donde no sobrevive casi ningún proyecto de esos años desatados. Bazuca.com fue de los pocos que siguió adelante, siendo todavía un destino preferido con una gran comunidad de clientes.

Hoy, 12 años después, estamos viviendo un feliz renacimiento. Ahora ya no queda duda que internet tiene un potencial nunca antes imaginado y ejemplos como Google han demostrado que la ambición de muchos proyectos no era injustificada – con una inversión de “sólo” US$24 millones. Pero quizás la mejor parte es que ahora los proyectos funcionan, cumplen sus promesas y de paso tienen un modelo de negocios con ingresos que permite que florezcan naturalmente. Más encima, donde antes habían millones de potenciales clientes, ahora hay cientos de millones.

El panorama en Chile es especialmente alentador. El mercado hispano es uno de los más subdesarrollados en internet, creciendo más rápido que cualquier otro idioma. Las empresas han vuelto a surgir a partir de proyectos personales, desarrollados con pasión por emprendedores (y emprendedoras) que respiran bytes.

Proyectos chilenos como Bligoo, Inventario, Producto Protegido, LoudWords, Meeting, Needish y Zimio (un proyecto personal), están solucionando problemáticas de maneras innovadoras con potencial global. Eventos como FirstTuesday o Webprendedor están reuniendo a cientos de personas interesadas, considerablemente más que hace 8 años. Lo más sorprendente es la cantidad de extranjeros que están llegando, tanto para crear sus propios proyectos como participar en el desarrollo de algunos existentes.

Si alguna vez existía la posibilidad remota de que Santiago se convirtiera en un foco de desarrollo tecnológico, pareciera que lo estamos viendo suceder.

Ésta es una columna que escribí para la revista Poder & Negocios en su edición de Marzo 2008.

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