Cómo comprar un auto por internet

Hoy me compré mi primer auto.

Los autos siempre me han fascinado, pero nunca pude justificar tener uno. Vivo en la comuna que trabajo, de hecho a pocas cuadras. Para moverme por la ciudad he andado siempre en una motoneta, y aunque digan que Santiago es peligroso para las motos, mi experiencia me ha demostrado todo lo contrario.

A mi parecer, no hay mejor método de transporte para moverse por la ciudad que una moto. No existen los tacos, siempre encuentras estacionamiento, no hay manera más romántica para andar con la novia y andas un mes para todas partes por menos de $15.000 (US$25) en gasolina. Hasta que llega la noche y el invierno. Ahí te acuerdas de los autos. Pero son demasiado caros para tenerlo sólo para las noches y los fines de semana. Aparte que cuando andas en moto te sorprende la cantidad de autos con sólo una persona dentro y ocupando el espacio de varias motos — y no quieres ser uno más.

Pero llega un momento en que te decides justificarlo. Llega el momento de ahorrar o endeudarse.

Personalmente y a raíz de todo lo que dije antes, buscaba algo específico: Un auto pequeño por fuera, pero grande por dentro, que se estacione fácil y gaste poca bencina, que sea práctico y requiera poca mantención. Entonces empieza la búsqueda de los candidatos — por Google, obviamente.

Ya que me quiero comprar un auto en Chile, parto por ingresar a las páginas chilenas de diferentes fabricantes de autos a ver sus modelos, especificaciones y precios. Primera sorpresa, la gran mayoría tiene poca y nada de información. Por suerte casi todos tienen los precios, pero es difícil encontrar más de cuatro fotos y con suerte a tamaño de estampilla. Sin contar la triste selección de “colores” de los autos: Blanco, plata, gris, grafito y negro. Una escala de grises. Muchas veces las especificaciones no están actualizadas, y muestran la información de un modelo más antiguo. Luego empiezas a descubrir que aparte de la página del fabricante, muchas concesionarias tienen sus propias páginas, pero no te va mucho mejor.

Decides ir a buscar sitios web con más y mejor información. Ingresas a los sitios de los fabricantes en Estados Unidos o Japón (yo me quería comprar un auto japonés). No puedes creer la cantidad de información, incluyendo la posibilidad de configurar el auto a tu gusto. Pero los modelos varían por región — el auto que compré tenía un alucinante techo de vidrio en su versión para Japón y una horrible nariz gigante en Estados Unidos.

Así que decides buscar más cerca. Primero fui a revisar las páginas de fabricantes en Argentina. Felizmente me encontré con sitios más completos de información, con prácticamente los mismos modelos disponibles en Chile, aunque con una mejor oferta de colores. A medida que fui afinando mi búsqueda en un trío de candidatos, seguí buscando más información. Hasta que llegue a Brasil.

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Un medio para todo y para todos

Al principio, sólo teníamos los gestos y la voz. Hoy nos comunicamos, informamos y entretenemos de tantas formas diferentes que Marshall McLuhan, acuñador del término “aldea global”, estaría gozando. Dijo muchas cosas sabias, pero hay una que me fascina especialmente: “Cada vez que llega un medio nuevo, el medio viejo se convierte en el contenido”. Que ganas que McLuhan hubiese podido ver lo que ha hecho internet, un medio que usa todos los medios viejos como contenido y que, más encima, hizo realidad la aldea global. Todo en una gran bola de hipermedios. Bueno, en realidad si lo vio, sólo que 25 años antes que sucediera.

Tal como dice McLuhan, las películas fueron el contenido de la televisión y las novelas, a su vez, fueron el contenido de las películas. Todos los medios nuevos se han alimentado de los antiguos. Pero hoy los medios digitales, y en especial la Web, han permitido que éstos se puedan mover en cualquier dirección, no sólo alimentándose del pasado. Ahora tenemos a la prensa haciendo radio, la radio haciendo televisión, y la televisión haciendo prensa. Tenemos a CNN escribiendo más que The New York Times, pero también tenemos a The New York Times haciendo mejores video podcasts que CNN.

La tecnología trajo un nuevo factor al juego, la interactividad. Uno de los primeros pasos hacia los hipermedios fue el control remoto. Le daba al espectador el poder para cambiar rápida y fácilmente a otro contenido. Era limitado y lineal, pero funcionaba. Eso aumentó la competencia, pero lamentablemente cuando tienes pocos canales, como en la limitada oferta de la televisión abierta, éstos terminan recurriendo a las emociones más populares para entretener a la masa: Sexo, acción y humor. Por suerte llegó la televisión por cable y satelital para mejorar la escasez de oferta, aumentando la cantidad de contenido cultural, informativo y de intereses especiales. Pero no fue suficiente.

El acceso a los medios aumentó y la audiencia se hizo más informada. Personas informadas tienen opinión. Y personas con opinión quieren expresarla, aunque sea de manera privada. Si el éxito de los medios viejos era hacer que los espectadores tuvieran un rol, ahora pueden tener el control, no sólo participando de los contenidos, si no que llegando incluso a ser los creadores de él. Si el control remoto era lineal y limitado, los hipervínculos son no secuenciales y virtualmente infinitos.

Cuando la Web llegó, inicialmente siguió la costumbre y utilizó a los medios viejos como contenido. El correo, la prensa, la televisión y la radio se hicieron digitales. Una nueva forma de entregar lo mismo de siempre. Pero en muchos casos este viejo contenido se entregaba de peor manera, la experiencia de ver televisión o escuchar radio por la Web era peor que hacerlo en un televisor o una radio. Pero eso no es culpa del medio, es culpa del dispositivo.

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Hiperconectividad

La hiperconectividad es el fenómeno en redes de computadores en que todas las cosas que pueden o deben comunicarse en red, van a comunicarse en red.

Hace un par de semanas di una conferencia en la que me tocó hablar justo antes de una persona llamada Sergio Melnick. Yo había escuchado su nombre varias veces pero no lo conocía. En su presentación mencionó muchas cosas, pero hubo un término que me llamó especialmente la atención: La hiperconectividad.

Aunque no lo abordó en profundidad, la pura mención fue suficiente para ser la mejor definición de muchas de las cosas que están sucediendo.

No, no se refería al termino médico utilizado para describir las ‘neuronas creando excesivas conexiones dentro del cerebro causando afecciones como esquizofrenia o convulsiones epilépticas’.

Se refería al fenómeno en redes de computadores en que todas las cosas que pueden o deben comunicarse en red van a comunicarse en red.

No se preocupen si no entendieron nada, para eso estamos aquí.

La hiperconectividad era inevitable

Por un lado las diferentes innovaciones tecnológicas nos han traído nuevas vías de comunicación: Telefonía, videoconferencias, e-mail, mensajes de texto y una infinidad de servicios web que permiten comunicación, como Twitter, Facebook, o YouTube.

Por otro lado otras innovaciones tecnológicas nos han traído nuevos dispositivos que nos permiten utilizar estas nuevas vías de comunicación en todo lugar, desde nuestros teléfonos, pasando por computadores de todas las formas y colores, hasta vehículos y televisores.

La hiperconectividad conecta todo con todo.

La hiperconectividad conecta todo con todo. Aunque el término se refiere inicialmente a una interconexión entre máquinas, el efecto también aumenta la frecuencia de conexiones entre los seres humanos.

Andando en taxi en Santiago le mando un email desde mi iPhone a mi mejor amiga que vive en Nueva York. A los pocos instantes tengo una respuesta escrita desde su BlackBerry mientras ella camina por Brooklyn. Mientras escribo esta columna sentado en mi oficina de Providencia, un compañero de trabajo sentado al otro lado de la oficina me hace una pregunta técnica por mensaje instantáneo y yo le doy la respuesta sin distraerme ni alejarme de la acción que estoy realizando en este momento. Mi polola me manda un e-mail con una linda foto que nos tomaron el fin de semana, yo le respondo con un mensaje de texto invitandola a almorzar, ella me responde con un llamado para que coordinemos la hora y el lugar. Después de varios meses viajando por Asia, mi hermana menor publica en Twitter que está disfrutando de Ko Phi Phi. Viendo que está conectada, le digo que nos encontremos en Skype para que me me muestre por videoconferencia la vista que está teniendo en Tailandia. Antes que termine el día laboral le mando un email colectivo a un grupo de amigos cercanos invitandolos a tomarse una cerveza en mi casa en un par de horas. La mayoría responde dentro de pocos minutos y nos coordinamos entre todos para encontrarnos cara a cara y reirnos un rato.

Eso es recién la punta del iceberg de la hiperconectividad. La verdadera hiperconectividad empieza cuando los mismos productos empiezan a comunicarse entre si. Un excelente y clásico ejemplo es el refrigerador avisandole a tu celular que la cantidad de leche disponible no va alcanzar para llenar el vaso que generalmente te tomas cada mañana. Otro más fascinante aún son todos los vehículos de la calle comunicando entre si su velocidad y posición, reaccionado a esa información y ayudando a evitar atochamientos y accidentes. Puedes reportar tu computador, celular o vehículo como robado y este inmediatamente desactivarse y declarar su ubicación exacta para que con la ayuda de la policía puedas recuperarlo. Cosas que hace un par de años hubiesen sonado a ciencia ficción y que hoy sabemos que llegarán en poco tiempo más. Hoy ya controlo la música que suena por los parlantes de mi casa remotamente desde mi celular, el mismo dispositivo con el que puedo continuar viendo la película que comencé a ver en la pantalla gigante.

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Vota por Ti

Obama - ChangeNo cabe duda que la reciente elección de Barack Obama para ser el próximo Presidente de los Estados Unidos de América es un evento histórico. Pero no me refiero a su raza ni su historia personal.

Por razones profesionales me tocó escuchar el discurso de aceptación de Obama en un hotel de Cancún. Sentado en la terraza, con las olas del Caribe de fondo, nada me distraía de lo que hablaba y como hablaba el flamante presidente electo. Su capacidad de oratoria es sobresaliente. Cautiva a su público y los tiene fijados en su persona. Nos entusiasma y motiva a ser liderados por ese personaje. Un personaje tan potente que incluso antes de ser nominado candidato, ya se había convertido en un icono popular.

Pero aunque para muchos parezca un ídolo distante, un elitista según otros, Obama logró que todos los que lo apoyaban sintieran que esta era nuestra candidatura. Este sería finalmente el gobierno de todos. La verdadera democracia.

El “gobierno de la multitud” que rezaba Platón y que nunca realmente llegó. Que todos tuvieran una voz y pudieran ser escuchados. Históricamente solo los más poderosos y privilegiados habían tenido la posibilidad y todos nos desencantamos con la política.

Pero en la campaña de Obama descubrieron la luz. Se dieron cuenta que el mundo había cambiado de la mano de la tecnología. Eliminaron los intermediarios y conectaron directamente a todos y cada uno de los que estaban interesados en apoyarlo. Les dieron una voz. Como nunca, los jóvenes, históricamente los menos interesados en política, reaccionaron en cantidades récord para participar en la posibilidad de construir un nuevo gobierno.

Crearon una comunidad en internet donde todos podían participar. La bautizaron “Mi Barack Obama” y entregaron todas las herramientas para ser parte de la campaña. Los ayudaron a coordinarse y hacer campaña voluntariamente dentro de sus comunidades.

Crearon diferentes grupos con los cuales el diverso universo humano se podía identificar personalmente. Latinos por Obama, Árabes por Obama, Homosexuales por Obama, Mujeres por Obama, Religiosos por Obama. Incluso recibió a los del bando contrario con el grupo de Republicanos por Obama. Hizo algo que nadie había hecho antes, dándole un espacio hasta a los niños menores de 12 años bajo la agrupación de Niños por Obama. Entre muchos otros.

Varias veces se ha hecho eco del capital monetario que fue capaz de recaudar gracias a su sitio web. Pero me parece mucho más interesante el capital intelectual que reunió.

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Wired: Mi revista favorita

Siempre me han fascinado las revistas y a lo largo del tiempo he estado suscrito a muchas, pero mientras más uso internet, menos veo revistas. Aunque la vengo leyendo hace 12 años, en los últimos 8 años no me he perdido una sola edición de esta única revista. Hace un tiempo me enteré que su editor Chris Anderson, venía a Chile y que lo traía nada menos que Poder & Negocios, la revista donde publico esta columna. No pude entonces evitar escribir y mencionar como Anderson ha sabido liderar una de las revistas que mejor ha entendido explicar los cambios qué están sucediendo en el mundo. Wired es mi biblia.

Wired fue fundada en 1993 por un equipo que incluía a Nicholas Negroponte, Kevin Kelly y John Battelle. Inmediatamente destacó del resto de revistas por su visión utópica del futuro — sin caer en futurología — y su cobertura del lado social y cultural de la ciencia y la tecnología. Personalmente fue inmediatamente una favorita. Pero en 1998 ya no quedaba casi nadie del equipo original y la revista cambió varias veces de manos hasta llegar a CondéNast. Acompañando la crisis del 2000, la revista pasó literalmente por una época de vacas flacas llegando a tener menos páginas que nunca. Pero todo cambió cuando llegó Chris Anderson en 2001.

Gracias al liderazgo de Anderson y al equipo que fue capaz de reunir, hoy la Wired está mejor que nunca. Recuperó su estilo liberal y utópico — y las tintas fluorescentes y metálicas de Plunkett+Kuhr. Empezó a tener portadas experimentales, unas con tintas térmicas, otras con la foto y mapa del propio suscriptor cubriendo todo su frente. Comenzó a poner titulares en portada que comentaban prácticas que habían surgido gracias a internet y que ahora se esparcían a otros ámbitos — el código abierto, la “cola larga” y el negocio de lo gratis. Muchos de estos artículos escritos por el propio Anderson, algunos incluso convirtiéndose en libros. El 2005 fue elegida la mejor revista de todo Estados Unidos y Anderson fue nombrado el editor del año — algo así como ganarse el Oscar a mejor película y mejor director, no hay mayor honor.

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Disminuir la pobreza con información

¿Cómo acabamos la pobreza? Una pregunta que todo el mundo quisiera responder y resolver lo antes posible, pero no hay una respuesta fácil.

Foco 76Humildemente, quiero proponer uno de los caminos que debemos seguir y que probablemente pueda ser el más efectivo de todos: La tecnología. Personalmente creo que hay que empezar por preocuparnos del futuro, de los niños y niñas que van a liderar nuestro país en 20 años más. Quizás ése sea el plazo para erradicar definitivamente la pobreza.

Hace varios años me tocó conocer una ciudad llamada Cañete, ubicada 137 kilómetros al sur de Concepción, con 31.270 habitantes. No hay cines, ni grandes bibliotecas o extensas tiendas de música. Sin embargo en ese viaje, un día después de un taller, se me acercó un niño de 11 años y me entregó su tarjeta de presentación, impresa sobre cartulina con la impresora de su casa. Lamentablemente olvidé su nombre, pero recuerdo que en la tarjeta decía “Astrónomo Aficionado” junto a la dirección de su blog. Cuando le pregunté dónde aprendía sobre astronomía, me respondió lo que quizás debería haber sido obvio: “En internet”. Claro, era un niño que tenía la suerte de tener un computador y conexión a internet en su casa.

Si no actuamos luego para acortar la brecha digital, la brecha social va a seguir creciendo.

Una simple búsqueda en Google le ofrecía trillones de fuentes de información. Acceso directo a los archivos completos de NASA, millones de artículos en Wikipedia, revistas, periódicos, blogs, libros y videos. No importaba que Cañete no tuviera cines, ni grandes bibliotecas. Sólo necesitaba tener internet y la curiosidad propia de un niño de 11 años.

También fui un niño con la suerte de tener internet en mi casa. En mi caso, mi curiosidad personal me permitió acceder a la web en 1993, a los 13 años, cuando no había ni un ápice de información comparado con lo que podemos encontrar hoy. A los 16 años ya ganaba plata haciendo sitios web con los conocimientos que había aprendido… en internet. A los 18 años me independicé y dejé de recibir soporte económico de mi familia. Hasta el día de hoy mi único título universitario, son las horas que he pasado hablando en universidades gracias a los conocimientos que aprendí en internet — y las cuentas las pago gracias a esos mismos conocimientos.

Hoy un niño en Cañete, o cualquier rincón de Santiago, que tenga acceso a internet tiene una ventaja sobre el resto.

En Santiago el 66% del segmento ABC1 tiene acceso a internet, mientras que en el D es sólo un 14%. Ni hablar del E. La brecha digital es un reflejo de la diferencia de oportunidades de la brecha social.

Hoy la tecnología presenta la posibilidad de acabar la brecha social, pero si el acceso no es equitativo, también la aumenta.

Es difícil que las familias de escasos recursos justifiquen un computador con internet, cuando un televisor cuesta desde $50.000 pesos y los 6 canales que transmiten farándula día y noche son gratis.

Un niño con acceso a internet, sea rico o pobre, tiene acceso a la misma cantidad de información y, a excepción de las que son pagadas, a las mismas herramientas. Especialmente sorprendente es ver que los jóvenes que pasan más horas en internet, leen y escriben mejor en inglés, permitiéndoles acceder a una oferta cultural y laboral global — desde cualquier rincón de Chile.

Si no actuamos luego para acortar la brecha digital, la brecha social va a seguir creciendo.

Esta fue un columna publicada en la edición Santiago 2.0 de la revista Foco 76.

Adiós a los profesores

Lo reconozco. El título de esta columna es intencionalmente sensacionalista, para invitar a su lectura. Pero tampoco está tan alejado de lo que quiero plantear: Quizás Pink Floyd no estaba tan equivocado.

Parto por aclarar que no soy un experto en educación, no tengo un título universitario y mi único roce con la academia fue mi paso por el colegio, hace ya más de 10 años. Hablo entonces a partir de mi propia experiencia.

Mi gran preocupación con la educación, es que estoy seguro que si realmente queremos que Chile sea un mejor país en el futuro, debemos partir por invertir en el futuro de Chile.

He repetido varias veces, a quien me quiera escuchar, que necesitamos inyectar tecnología en los colegios. Necesitamos que todos los niños tengan acceso a computadores e internet. Ojalá un computador propio, o por último uno que puedan usar personalmente en su colegio. Somos un gran grupo los que llevamos un par de años gritando al viento, con buena reacción de los ciudadanos, pero poca acción de las autoridades responsables.

Siempre que lo he planteado, uno de los tantos miedos o excusas que me responden para negar su factibilidad es que habría que partir por reconstruir el sistema educacional. Eso significa, crear nuevos planes de estudio, invertir en la nueva infraestructura, adaptar los currículos para integrar esta nueva herramienta y, finalmente y con mucha complejidad, capacitar a los profesores y convencerlos para que aprovechen esta herramienta en sus clases.

El gran problema, dicen algunos, es que en la gran mayoría de los casos los alumnos serán más hábiles con esta “nueva” herramienta que sus profesores. Eso, deducen ellos, producirá un boicot por parte de los profesores para integrar los computadores en la educación. Quizás no estén equivocados, demosle el beneficio de la duda. Si es así entonces, tendremos que avanzar sin los profesores.

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Bye, Bye, Bill

Con lágrimas en los ojos, después de haber liderado durante 33 años la empresa más grande de software que jamás haya existido, Bill Gates se despidió de sus empleados y apagó la luz de su oficina por última vez.

Al escribir ese párrafo, hasta yo me emociono. Parece que en las despedidas, todos olvidamos nuestras diferencias y alzamos las banderas blancas.

Bill Gates será recordado como el emprendedor más exitoso de todos los tiempos, el mismo que en 1999 llegó a tener un patrimonio de más de $100 mil millones de dólares — casi el doble del PIB que tuvo Chile ese año. Pero también será recordado como el mayor villano tecnológico de la historia, a raíz de las prácticas monopólicas de Microsoft, la fuente de su fortuna.

No cabe duda que Bill Gates es un genio. En la prueba para ingresar a la universidad, el SAT estadounidense, Gates obtuvo 1590 puntos de un máximo de 1600. A los 13 años tenía permiso para faltar a clases de matemática, para dedicarse a programar BASIC en el único computador de la escuela. Luego le suspendieron el permiso cuando descubrieron que estaba hackeando el sistema para inscribirse en las clases con las chicas más lindas. Todo esto en un año que los computadores eran gigantescas máquinas complejas e Internet ni siquiera era una idea.

No cabe duda que Bill Gates es un visionario. Muchas de sus predicciones han fallado, pero a la más importante le dió en el clavo. Mientras algunos altos ejecutivos tecnológicos dudaban del éxito de los computadores personales, Bill no iba a descansar hasta que hubiera un computador en cada escritorio y en cada hogar. Incluso Steve Jobs ha dicho que Gates fue uno de los primeros en entender que el secreto estaba en el software.

No cabe duda que Bill Gates es un gran hombre de negocios. Cuando IBM lo contrató para desarrollar el sistema operativo del primer IBM PC, Gates insistió en cobrarle sólo US$80.000 por el desarrollo y mantener los derechos sobre DOS. Ese mismo DOS luego se lo vendería a todos los otros fabricantes que, tal como anticipaba, iban a llegar.

Pero ser un hombre de negocios genial y visionario, viene acompañado de la envidia y muchos enemigos. Especialmente cuando sus prácticas de negocios hicieron que Microsoft lograra una posición dominante y abusara de ella con prácticas monopólicas. Sin contar que cuando la creatividad le faltó, no dudó en copiar las buenas ideas de otros. Demandas no le faltaron.

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¿El difícil emprendimiento en Chile?

El fin de semana me encontré con una columna en el diario que tenía el mismo título que encabeza este post — sólo que en forma de declaración en vez de interrogación. Obviamente, todo lo que incluye “emprend…” en el título me llama la atención. Pero lo que me hizo empezar a leer fue la siguiente cita, destacada en el periódico:

“El sistema poco competitivo de muchas de nuestras áreas de negocios hace muy lejana la visión del éxito para la juventud. Aquí nadie cree posible quitarle el bastón de mariscal a los que ya existen.

¿Qué? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? Al ser un emprendedor, te toca relacionarte con muchos otros emprendedores. Quizás por eso la muestra de mercado que manejas comprueba que hay muchos que creemos posible quitarle el bastón de mariscal a los que ya existen, o ir a plantar una bandera dónde nadie ha llegado. Pero definitivamente no es un reflejo de la realidad.

No puedo estar más de acuerdo con su frustración por la imagen negativa que tiene en Chile ser exitoso económicamente. Siempre me ha parecido ridículo. Hasta China tiene una visión más capitalista que Chile. Allá su himno nacional los incita al progreso, al trabajo y al éxito económico — hacerse ricos. Los empuja a emprender.

Destaco de su columna y concuerdo con que la responsabilidad no es sólo del Estado — aunque el SII es un monumento a la burocracia. Cada día creo que el Estado debe ser más pequeño y eficiente.

También concuerdo que las grandes empresas son abusivas y menos humanizadas. Pero creo que esa ineficiencia y mal servicio, incitan más a desarrollar una alternativa más justa y mejor, que a frenar el emprendimiento. Algunas veces creando cooperativas de emprendedores que les pueden hacer el peso.

Eso si, a mi parecer la materia prima de la innovación en Chile es considerable y se está renovando con cada generación. Me toca trabajar con jóvenes que aún están en el colegio y ya tiene pequeños proyectos comerciales, proyectos de tiempo libre pero con gran potencial. Yo mismo empecé a trabajar a los 16 años, en el colegio, tal como lo hicieron algunos de mis amigos. Pero entiendo que su declaración es más una invitación a demostrar de que somos capaz, que una falta de conocimiento por lo que está sucediendo en otros colegios y universidades — especialmente en industrias que no involucran nuestros recursos naturales.

A continuación, los invito a leer la excelente columna de opinión publicada por César Barros en La Tercera, economista y presidente de SalmonChile, la asociación de productores de salmón de Chile.

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Where is Chile?

En mi columna anterior hablé sobre “Santiago Valley”, y como estamos viendo que Chile se está convirtiendo en un foco de desarrollo tecnológico. O al menos desde aquí, eso es lo que parecía.

Poco después que escribí la columna donde me referí a varios emprendimientos tecnológicos locales, partí a Silicon Valley junto a los integrantes de algunos de esos proyectos. Los gastos de varios de ellos fueron financiados por Corfo en una “misión empresarial”, yo partí por mis propios medios debido a las torpezas de Corfo… pero eso es material para otra columna.

Estando allá se me abrieron los ojos y me di cuenta que aunque creemos estar cerca de ser un actor global relevante en el ámbito tecnológico, en realidad estamos muy lejos de lograrlo.

Aunque estando en Chile, escuchas y conoces a proyectos en internet que son líderes regionales y mundiales en sus áreas, sales del país y pocos han escuchado de ellos. Con suerte en América Latina y el Caribe algo saben de nuestro “liderazgo tecnológico”. Pero te embarcas hacia Estados Unidos y la ignorancia sorprende.

Para los empresarios tecnológicos en Silicon Valley — el corazón del desarrollo tecnológico mundial — América Latina se puede resumir en México, Brasil y Argentina. Del primero saben menos de lo que uno espera, considerando que un 15% de sus habitantes provienen de ese país. De Brasil saben que es grande y al menos saben dónde queda Argentina. Tuve la oportunidad de reunirme con inversionistas de un importante banco de inversión que me sorprendieron al preguntarme “Where is Chile?”. Un mal primer paso cuando estas buscando capital extranjero para proyectos locales.

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