Paraíso Brasilero

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Mi última vez en Brasil fue en 1995. 3 años antes vivía ahí, y hablaba portugués como cualquier brasileño. Pero ahora habían pasado más de 10 años, y dudaba si ese mismo idioma todavía estaba guardado adentro mio en alguna parte. Partimos con la Isabel por 10 días. Desde Río de Janeiro, partiríamos a unas islas en Angra dos Reis (el sector donde tradicionalmente vacacionabamos con mi familia, y donde me enamoré del buceo).

En Río sólo había estado una vez, brevemente, cuando muy pequeño, así que me alegraba mucho la idea de pasar un par de días en la ciudad antes de partir a la selva atlántica. Una noche en Ipanema, nos encontramos casi de casualidad con mi hermana y su novio (sabíamos que estaban en el barrio, pero como en cualquier ciudad, los barrios son gigantes). Ellos venían volviendo de su viaje, a pocas horas de tomar el avión de regreso. Una lista de consejos, nombres, lugares y precios, y ya teníamos las coordenadas perfectas para los próximos días.

Después de Río, alojamos dos noches en Vila do Abraão, el pueblo principal de Ilha Grande, que a su vez es la isla más grande de la bahía de Angra dos Reis (es grande-grande la isla). Vimos los Oscars® desde la pieza en el hotel (bravo Marty, aunque Eastwood se la merecía), disfrutamos un poco de la vida nocturna, y a la mañana siguiente ya estabamos en dirección a Ensenada das Palmas.

Ensenada, es una playa solitaria, al otro lado de la península de Abraão, a unos 50 minutos en barca. Ahí llegamos, muy bien recomendados, a una pousada tranquila llamada Cantão do Leão. “Sem agua quente, sem ventilador, sem ár-condicionado,” nos decía su dueño, Alessio Santos, un viejo de pelo blanco, piel oscura dura y arrugada, pero la vitalidad de un quinceañero, “tudo aqui é naturista!” Cuatro días y tres noches en una tranquila pousada, que sólo tenía luz eléctrica (por generador) de 7 a 10 PM. A las 11 PM estabas roncando bajo las estrellas, con el sonido de las olas reventando a lo lejos. Desde ahí caminamos un día por la selva, cruzando la isla, hasta llegar a Lopes Mendes, un paraíso de playa. Si tan sólo pasas un par de horas en esa playa, todo tu viaje hasta llegar a ella habrá valido la pena. Arena tan blanca y fina que parece harina, agua tan tibia y transparente que parece aire. Una joya de playa. El resto de los días los disfrutamos tranquilamente en Ensenada.

Nuestro transporte, una pequeña lancha de fibra de vidrio, nos pasó a buscar un día de sol radiante que apareció después de una noche con fuertes vientos. “Dígale a ella que no se asuste,” me decía Adriano, el hombre de la lancha, “van a haber olas de 2 metros cruzando hacia el continente, pero dígale a ella que no se asuste.” La Isabel estaba más tranquila que yo. Me tire un último piquero desde la lancha, y comenzamos inmediatamente el regreso. El día de sol y la tranquilidad de la bahía hacían imposible imaginar lo que él decía. 20 minutos después, habíamos salido de la bahía y estábamos entrando a cruzar el canal entre la isla y el continente. Adriano no mentía. Aunque la mayoría de las olas eran poco más de un metro de altas, habían varias de 2 metros, y nos tocó al menos un par de 3 metros. Un espectáculo magnífico, racionalmente quizás nos deberíamos haber asustado, pero el recuerdo de los días increíbles y el maravilloso día con el que contábamos, hacía imposible molestarse. Incluso si estábamos en la mitad de un mar así de picado. La pequeña lanchita de fibra de vidrio, parecía un carro de montaña rusa, excepto cuando Adriano lograba maniobrar para que la lancha surfeara la ola.

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