Humanos de piezas intercambiables

Humanos de piezas intercambiables
Maria la Maschinenmensch de Metropolis (Fritz Lang, 1926).

Los seres humanos concebimos la existencia como un relato enmarcado en ciertos paradigmas invariables. Aunque todos vivimos vidas distintas, sabemos que estamos sometidos más o menos a las mismas condiciones de borde. Todos tenemos que nacer, siendo concebidos por una madre y un padre. Todos tenemos que morir. Tenemos que alimentarnos, dormir, crecer, aprender y envejecer. 

En una columna anterior hablamos sobre la proximidad de la Singularidad, y en una de sus muchas lecturas la singularidad es justamente el salto que rompe con los paradigmas que justo antes parecían inamovibles.

¿Cuál de esos paradigmas se romperá primero? ¿Cuál de ellos abrirá nuevos horizontes al derribar los obstáculos inherentes a la condición humana? ¿Cuál de ellos es una aberración que luego nos arrepentiremos de haber inventado? Podemos ver que desde ya se gastan miles de millones en estudios para retrasar el envejecimiento y extender la esperanza de vida de las personas. Los experimentos en mamíferos — empezando por Dolly, la oveja clonada — nos sugieren que existe la tecnología y el conocimiento para generar humanos que no necesiten nacer ni ser concebidos con el método tradicional, ni tener una madre y un padre. La clonación permite replicar a un solo progenitor, o crear bebés con tres padres heredando las mejores características de cada uno. Se puede, pero afortunadamente el método tradicional sigue siendo mejor y más barato.

De la misma manera tal vez la Singularidad se manifieste como el día en que ya no tengamos que morir, el día en que pueda suprimirse la necesidad de alimentarse o dormir, el día en que ya no sea necesario aprender para saber. 

Como en esa secuencia de Matrix en donde Neo “instala” un programa en su cerebro y declara: “I know Kung Fu”. 

Actualmente cada uno de nosotros es un ser único e irrepetible. Desde el más talentoso hasta el más limitado tiene una identidad que lo hace valioso, insustituible y digno de ser amado por los suyos. Esa identidad se forma por muchos factores, incluyendo todas y cada una de las experiencias que el azar nos pone por delante. En parte esas mismas experiencias se van generando como consecuencia de nuestras propias decisiones, y tomamos esas decisiones porque somos quienes somos. Es identidad la manera única de pintar que tiene el artista, el registro único de la soprano y el paladar destacado del sommelier. 

Sin embargo la tecnología nos está abriendo caminos en donde ciertos aspectos de esa identidad pueden dejar de ser tan únicos como hoy. ¿Será esa la verdadera Singularidad? Nos ha tocado ver avances cada vez más exóticos en las técnicas de cirugía plástica, incluyendo transplantes completos de cara. Por otro lado hemos visto cómo se están cultivando órganos humanos en animales de laboratorio gracias a la implantación de células madre. También hemos visto que las prótesis para personas mutiladas (en esto la administración Bush generó abundancia de clientes potenciales) se han vuelto tan elaboradas que pueden ser controladas por impulsos nerviosos, se acoplan con los huesos del paciente, son capaces de crecer cuando el paciente es un niño y las más nuevas pueden “cicatrizar”. Todo esto gracias a la mejor comprensión de los estímulos nerviosos, y el uso de nanomateriales en donde cada molécula es capaz de recibir instrucciones.

La combinación del cultivo de órganos y el perfeccionamiento de las prótesis inteligentes recorre un camino convergente que llevará a que en un par de décadas se vuelva común la implantación de miembros 100% funcionales que dejarían en ridículo la mano mecánica de Luke Skywalker. Si mañana pierdo mis piernas en un accidente, a lo mejor tendré la oportunidad de elegir una réplica de las piernas de Cristiano Ronaldo y de la noche a la mañana voy a pegarle a la pelota como un iluminado.

El que pierda una mano querrá implantarse una réplica de la mano de Paco de Lucía que viene con arpegios de flamenco incorporados. Y así puede que llegue el día en que, primero por necesidad y luego por frivolidad nos vayamos convirtiendo en “Humanos de Piezas Intercambiables”. Si por un lado los mecanismos de bienestar social podrán garantizar el subsidio a órganos de reemplazo como un derecho humano, serán órganos corrientes y sin particularidades. Por el contrario, se generará un mercado premium ofreciendo miembros mejorados, y los famosos podrán generar ingresos adicionales ofreciendo la franquicia de sus biceps marca registrada.

Retomando la idea de Neo y el Kung Fu, la Singularidad se completa con el advenimiento del conocimiento implantable. Llegará el día en que la enseñanza media se pueda aprender por USB directo al cerebro, y puede que en vez de dedicar treinta años a estudiar astrofísica una persona con los medios suficientes prefiera instalarse el pack Stephen Hawkins que viene con todos sus conocimientos incorporados. 

Si para ese entonces se vuelve común y cotidiano implantarse el conocimiento de un pensador o los órganos de un atleta, alguno caerá en la tentación de reeditar la obra de los artistas que dejaron su legado inconcluso. Alguna casa editorial implantará los recuerdos de Hemingway en un escritor a sueldo para escribir más clásicos inmortales, y un sello discográfico reemplazará músculo por músculo a varios de sus empleados para generar nuevos Michael Jackson con los cuales ofrecer cientos de conciertos por año. 

El problema es que desde el momento en que lo irrepetible se puede producir en serie deja de ser irrepetible y se convierte en un commodity.  Generar artistas que puedan replicar la Mona Lisa puede ser peor que destruir el original.

Las dudas que quedan así planteadas son apenas una fracción de todo lo que la ética deberá dilucidar antes de que termine este siglo, y resulta vertiginoso ponerse ahora en un lugar adonde nuestra mentalidad no está preparada para llegar. Son tantas las preguntas que quedan planteadas en cuanto a qué es admisible y qué es perverso, que más temprano que tarde será nuestra responsabilidad resolverlas. Sin embargo, la innovación sigue su avance y, por otro lado, hay miles de personas que podrían mejorar sus condiciones de vida si fuésemos capaces de ocupar esas “piezas intercambiables” con criterio y para hacer el bien. 

También es posible que no seamos simplemente la suma de todos nuestros órganos recombinados con la incorporación de todos los eventos que hemos vivido. Algo me dice que es la misma respuesta con que el hombre desde épocas inmemoriables se convenció de que incluso siendo insignificante en el orden de magnitud del universo, lleva consigo algo que la naturaleza no puede borrar ni la ciencia puede copiar: esa cosa intangible llamada alma. Prefiero creer que sin importar cuantas piezas de nuestro cuerpo intercambiemos por mejoras o réplicas de otros, seguiremos siendo únicos.


Esta columna fue editada por Felipe Figueroa.